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Comunicados


#SON30MIL


03/2017 - EN MEMORIA de OSCAR SMITH, SECRETARIO GENERAL DEL SINDICATO DE LUZ Y FUERZA, SECUESTRADO Y DESAPARECIDO POR EL TERRORISMO DE ESTADO EL 11 DE FEBRERO DE 1977. #SON30MIL

Sin piedad, el teléfono demolía el sueño de ese hombre. Tenso como estaba lo escuchó enseguida quebrando el silencio de su casa deshabitada. Sin embargo, algo lo retenía en su sueño recién vulnerado. Los timbrazos sonaban como fragmentos dispersos de una pesadilla que, a pesar de todo, no podía reconstruir. Hubiera preferido que el aparato se callara. Hubiera preferido rearmar la fantasía de su sueño, aunque volviera al territorio de una pesadilla conocida. Hubiera preferido sentir la certeza de que dominaba el teléfono y las imágenes con un mero acto de voluntad. Pero los reflejos de tantos años pudieron más, y, sin despertarse del todo, manoteó el auricular.
- Hola...
- ¿Qué haces? ... ¿Todavía apoliyás?
-No.… no.… ya me estoy levantando.
-Mira que la reunión era a las nueve y media.
- ¿Qué hora es?
-Nueve y diez...
-Está bien... Me pego una ducha y salgo para allá...
- ¿Vas a ver a tu hermano?
- Capaz que me hago una escapada ahora.... Cualquier cosa decíle a los muchachos que empiecen sin mí...
-No te borres, que hay que arreglar un montón de cosas antes del viaje.
- Cualquier cosa salimos más a la tarde...
El hombre colgó el aparato y no sintió ninguna culpa por haber mentido. Se metió en la vieja cama de dos plazas y gozó un rato más de la modorra. La luz del verano se colaba ya por todas las ventanas. Sin embargo, esa casa. tan conocida como añorada en esos meses tensos, sin su esposa y sin sus hijas le dejaba en el alma cierta sensación de desasosiego. Intentó recordar el sueño destruido por el teléfono intempestivo, pero se perdió detrás de imágenes inexplicables. Disipó la niebla de esos pensamientos dejando la cama con energía repentina. Cuando se miró al espejo del baño, volvió a descubrir en su rostro las huellas de la tensión acumulada. No quiso pensar en eso y se empeñó en afeitarse con prolijidad. De pronto escuchó golpes en "la puerta. Era como un rumor sordo dejado por alguien que estuviera intentando forzar la entrada. No cerró la canilla y sin hacer ruido fue hasta el living. Corrió apenas la cortina de una ventanita que rodeaba la puerta. No vio nada y suspiró aliviado. Pensó que los fantasmas de las pesadillas suelen jugar malas pasadas aun después de que el sueño se disipa, pero eligió no detenerse en esos razonamientos. Al fin y al cabo, esa misma tarde iba a reencontrarse en Mar del Plata con su mujer y sus hijas y se imaginó que entonces todos los malos presagios se disiparían. Había terminado de afeitarse cuando escuchó que alguien metía la llave en la puerta. El espejo le devolvió la imagen de una sonrisa placentera que ya había olvidado... Hasta por los ruidos reconocía la presencia de su madre.
- ¿Vos golpeaste antes?
-No... Vos sabés que tengo llave... ¿Por qué me lo preguntas? ....
El hombre no contestó. Volvió al baño y comenzó a ducharse. Cuando terminó descubrió con placer que su madre lo esperaba en el living con el mate preparado. Los dos repetían un rito conocido. La mujer comenzó con el diálogo:
- ¿y las nenas?
-Están bien... ayer conversé con ellas un rato largo. Ana se siente un poco sola, pobre... Las nenas también. Hoy a la tarde viajo para allá con los muchachos. Vivi me pidió las postales que le mandó su amiga...
-Están sobre el aparador... ¿Vas a ir a ver a tu hermano?
-Ahora paso por el sanatorio...
El hombre se vistió conversando con su madre. Se detuvo a preparar el bolso para el viaje anunciado, y guardó cuidadosamente los papeles prometidos a su hija. Cerró con precaución todas las ventanas y dejó su casa por última vez. Su madre lo esperaba en la vereda. Sacó el auto del garaje y echó llave a todas las puertas comprobando que no quedaran abiertas. Casi sin hablar llevó a su madre hasta la panadería cuatro cuadras más allá de esa manzana donde ambos, habían vivido siempre. Ella lo despidió con un beso y con un abrazo inesperado. Buscó la avenida Mitre por las calles conocidas y de pronto se encontró de frente con el escandaloso sol de febrero que trepaba en el cielo. Manejaba casi con fruición ese Dodge 1500 anaranjado. Era de su amigo, el Gordo Pintos, pero él lo había usado tanto que ya lo sentía como una parte de su vida... Al llegar a la avenida no pudo reprimir el impulso de mirar por el espejo retrovisor y por un momento tuvo la certeza de que lo seguían. Cuando lo detuvo el semáforo del viaducto de Sarandí, ya no tenía dudas. Dos automóviles Ford Falcon, de esos que tantas veces le habían descrito como los encargados de los secuestros y la represión, lo estaban vigilando y sus tripulantes nada hacían por disimularlo. Al entrar en la diagonal Debenedetti aceleró como quien quiere sacudiese una pesadilla angustiante. Anduvo muy rápido cinco o seis cuadras y en una esquina cualquiera, elegida al azar, dobló a la derecha sin rebajar para nada la velocidad. La calle era estrecha. Le pareció escuchar que uno de los coches había pasado de largo, pero cuando quiso razonar el siguiente paso de su fuga, oyó claramente cómo el otro auto doblaba en la esquina elegida y casi al mismo tiempo se sacudió por el choque brutal contra el paragolpe trasero de su coche. Pensó en acelerar, pero frenó del todo. Ni pudo preguntarse por ese error fatal e inexplicable. Ya se había desatado sobre él un huracán de insultos, golpes y órdenes tajantes. Sólo pudo mirar por la ventanilla abierta y vio a un hombre joven amenazándolo con una Itaka, y entendió enseguida que quería que bajara del coche. Vio también las patadas enfundadas en jeans que buscaban abrir las dos puertas por la fuerza. Sin pensado puso las dos manos a la vista y se aferró al volante. En un instante recordó la imagen del coronel amigo que le había recomendado ese gesto si tenía que enfrentarse a un operativo represivo porque de ese modo se podía demostrar que ni siquiera pensaba en resistir, y que por lo tanto no había nada que ocultar. El gesto ridículo y obstinado duró el tiempo exacto que los secuestradores tardaron en abrir la puerta del auto. Enseguida un golpe brutal en la cabeza lo arrancó de su defensa inesperada, y en medio de la conmoción sintió con claridad cómo lo arrastraban hasta el pavimento, intentó forcejear por última vez, pero fue peor. Otro culatazo lo postró en el asfalto y ahí se le ocurrió empezar a gritar. Fue inútil. Los hombres de anteojos negros lo llevaron a la rastra hasta uno de los automóviles, donde otro golpe terrible terminó con su resistencia. Lo último que vio el hombre antes de internarse en la oscuridad de la capucha fue la claridad de ese día de febrero. Absurdamente pensó en el calor que haría en el centro al mediodía. Ninguno de los vecinos de la calle Zamudio hizo nada por impedir el secuestro de aquel hombre. Los que observaron la escena la recordaron con precisión hasta en sus más mínimos detalles. Sólo se animaron a contarlo a algunos de sus amigos más íntimos. Unos metros más allá de la esquina un pocero de SEGBA que trabajaba ocasionalmente en la zona supo desde el principio qué debía hacer. Abandonó la obra y tomó el primer colectivo para relatar a su delegado sindical lo que había visto.
Buenos Aires tenía un secuestrado más.
Prólogo del libro “Oscar Smith: el sindicalismo peronista ante sus límites” - Mario Baizan - Silvia Mercado
Oscar “El gato” Smith, secretario general del sindicato de luz y fuerza secuestrado y desaparecido el 11 de febrero de 1977 por la última dictadura cívico – militar.
Memoria, verdad y Justicia. — con Evelyn Bartucci.